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viernes, 6 de febrero de 2009

La obsesión por la desigualdad: a falta de datos, buena es la ideología

Leo, algo tarde, esta nota aparecida en el Comercio del 16 de enero pasados, titulada “Pese al crecimiento económico aumentó la desigualdad en el país”, escrita por el periodista Luis Felipe Gamarra. Lo interesante es que se habla de un incremento de la desigualdad en el texto, mientras que la información que sustenta dicha información dista de mostrar que la desigualdad realmente aumento. Veamos.

Lo primero que hay que notar es la permanente confusión del texto respecto al tema eje de análisis. Toda la primera parte se centra en una discusión sobre como el crecimiento no ha llevado a una reducción rápida de la pobreza en las zonas rurales del país. Luego cita a Juan Chacaltana del modo siguiente:
“Si comparamos el gasto familiar del 10% de los peruanos más pobres con el 10% de los más ricos, veremos que la distancia entre ambos se ha elevado dramáticamente. Para Juan Chacaltana, de Centro de estudios para el desarrollo y la participación (Cedep), el ingreso del 10% más rico (al que pertenece menos del 8% del país) incrementó el promedio, lo que generó cifras engañosamente positivas. Por otro lado, la inflación, como lo demostró en el 2007 la Universidad del Pacífico, depende del segmento al que se pertenece. Para el sector E, la inflación del 2007 fue de 8,2%, tres veces más que para el resto de peruanos.”

No me queda claro ni el periodo de referencia ni la fuente de información para tal aseveración. En este post mostré que la evidencia empírica no soporta dicha conclusión. De hecho, el mismo reporte consigna cálculos del coeficiente de Gini para el periodo 2004 y 2007 de 0.42 y 0.42, lo cual en términos estadísticos (considerando intervalos de confianza debido a que los estimados provienen de una muestra y no de datos censales) significa que la desigualdad no cambio.

Luego, en una sub-sección, el artículo menciona lo siguiente:
“Cálculos de Raúl Mauro, investigador de Desco, indican que el Gini tampoco bajó. Sus cifras por departamento señalan que la desigualdad creció en 17 de los 24 departamentos entre el 2004 y el 2007. Por ejemplo, el análisis de Mauro señala que La Libertad, donde existe pleno empleo, la inequidad se elevó, así como la delincuencia, lo que convirtió al departamento en el más desigual del país. Para Javier Escobal, de Grade, y Pedro Francke, de CIES, el país, irónicamente, ha medida que crece, se hace más injusto.”

Aun cuando se presentan datos de desigualdad a nivel departamentos, la afirmación que la desigualdad se incremento en 17 de estos es exagerada. En los casos de Amazonas, Ancash, Arequipa, Cusco, Huánuco, Junín, Lambayeque, Pasco, Puno y San Martin; esto es, al menos 10 de los 17 casos la magnitud de incremento no es sustantiva por lo que es de esperarse que los intervalos de confianza se crucen y por tanto no tengamos evidencia de que el incremento de la desigualdad sea robusto. Por ejemplo, en Arequipa la desigualdad paso de 0.35 a 0.36, un incremento de 2.6%, lo cual es términos estadísticos es simplemente nada, sin embargo el Comercio consigna el caso como uno de incremento de desigualdad. Se necesitan la información respecto a la robustez de los estimados para ser concluyentes al respecto.

¿Que queda del articulo del Comercio? Muy poco. De partida, no aporta evidencia que valide el titular que tiene, además de contradecirse al sugerir que la desigualdad aumento y mostrar que el índice de Gini no cambio en el periodo 2004 y 2007. No tenemos evidencia de que la desigualdad haya aumentado si es que tomamos como punto de referencia 1997, periodo a partir del cual se disponen de estadísticas relativamente consistentes. El articulo incide parcialmente bien en señalar que el crecimiento no ha beneficiado más a los más pobres, aunque lo plantea incorrectamente de modo tal que el argumento termina siendo falso. El argumento correcto sería reconocer que el crecimiento beneficio más en términos absolutos a los no pobres (lo cual no es un resultado inesperado, toda vez que el crecimiento suele beneficiar en primer lugar a los más integrados al sistema económico. El crecimiento nunca es balanceado.), aunque en términos proporcionales los sectores más pobres vieron crecer más rápidamente sus ingresos que los no pobres. Como mostré en el post “la desigualdad no es como la imaginábamos”, el ingreso per-capita promedio del decil mas pobre creció en un 64% entre 1997 y el 2007, mientras que el ingreso promedio del decil mas rico lo hizo en un 9%. Los cálculos pueden descargarse de esta dirección: http://stanislaomaldonado.googlepages.com/ingresopromedio1997_2007.pdf

Ahora, creo que es preciso aclarar los argumentos, sobre todo de quienes defienden la idea de que la desigualdad se incremento, quienes muchas veces parece dejarse llevar más por sus preferencias ideológicas que por la evidencia estadística. Me parece, que hay una serie de problemas que es preciso resolver a fin de tener una discusión basada en evidencias al respecto:

a) El problema del periodo de referencia: muchos de los que argumentan que la desigualdad aumento (ver por ejemplo este post), se basan en datos para el periodo 2004-2007. Efectivamente, para ese periodo existe cierta evidencia al respecto (tal y como muestro en estos datos: http://stanislaomaldonado.googlepages.com/EstimacionesDesigualdad1997_2007.pdf ) pero ello deja de ser cierto cuando consideramos un periodo de referencia más grande. No hay razón teórica alguna que nos diga que el periodo 2004-2007 sea el mejor para juzgar los cambios en la desigualdad.

b) El problema del instrumento de medida de desigualdad: muchos argumentan que las encuestas de hogares son un mal instrumento para medir la desigualdad, porque difícilmente captura bien los ingresos de los más ricos. Siendo ello un argumento atendible, es necesario probarlo empíricamente para el caso peruano. Dicho estudio no existe, por lo que no podemos estar tan seguros que la desigualdad aumento si la evidencia no existe.

En resumen, no existe evidencia para argumentar que la desigualdad aumento en el país. Por el contrario, esta parece no haber experimentado cambio alguno. Los que argumentan que esta si aumento se basan en decisiones metodológicas que no tienen justificación a priori, a no ser que sean preferencias ideológicas. En el caso de los datos a nivel regional, un análisis de robustez es necesario a fin de tener una mejor imagen al respecto al cual habría que agregarle un análisis de su evolución a partir del 2001. Como mencione en mi post al respecto, algo pasó en el 2004 que cambia ligeramente la tendencia. Esto amerita mayor estudio para descartar que el mismo se haya debido solo a cambios metodológicos.

Asimismo, es preciso también abordar la dimensión normativa implícita en el debate. ¿Por qué se considera que un aumento de la desigualdad es malo per se? La forma que termina el artículo del Comercio, al decir que el país se hace más injusto a medida que crece, es sintomático. Desde una perspectiva rawlsiana (ver mi ensayo sobre justicia distributiva), en tanto los pobres se beneficien en términos relativos más que los ricos, uno no podría denominar injusto el crecimiento de los últimos 10 años, en donde el ingreso promedio de los pobres creció más rápido que el de los ricos. ¿Cuál es la teoría moral que sustenta la aseveración de que el país es más injusto hoy?

Confieso que estos tipos de análisis me mortifican. Empezar con un caso muy particular, el de un distrito no beneficiado por el crecimiento, lleva fácilmente a generalizaciones indebidas, que son fácilmente asimiladas para un público no entrenado en los detalles metodológicos. Se necesita evidencia estadística y mostrar la historia completa, no solo la de los perdedores, sino también la de los distritos que se han beneficiado con el crecimiento para tener una imagen más cercana a la verdad. El que las cosas no hayan funcionado para Anchonga no quiere decir que no haya funcionado para ningún distrito de las zonas rurales del país.

Una teoría sobre la exclusión social: Una aproximación de competencia por activos (II)

Dicho esto, discutamos ahora sobre la distribución de los activos entre la población. La distribución de los activos entre los individuos dependerá tanto de la “lotería del nacimiento” como del esfuerzo responsable de los mismos. Esta distinción nos lleva a pensar en dos temas claves interrelacionados: a) el proceso a través del cual los individuos adquieren los activos y los mecanismos institucionales que se hallan detrás de ello, y, b) el tema de la responsabilidad personal y sus implicancias para la teoría moral.

Producto de la “lotería del nacimiento”, los individuos reciben una dotación básica de activos, compuesta por su dotación de activos naturales más un stock de activos sociales determinados por el stock de activos sociales de sus padres. A estos activos los denominaremos activos básicos, por ser el punto de partida del proceso de acumulación de activos de un individuo a lo largo de su existencia. La distribución de dichos activos es “moralmente arbitraria”, en la medida de que ningún individuo pudo influir sobre la composición del stock de activos bajo su control. Sin embargo, cada individuo si será “moralmente responsable” de los resultados que obtenga a través del uso de dichos activos, tanto en la transformación de estos activos en niveles de bienestar como en la consecución de mayores activos a partir de su dotación básica.

Provistos de esta dotación básica los individuos compiten por el control de activos sociales claves para su desarrollo humano. Estos activos sociales no caen como el mana del cielo o son lanzados desde helicópteros, sino que son distribuidos a través de un conjunto de instituciones que hemos denominado instituciones básicas. Estas instituciones establecen las reglas de juego que se hallan detrás de la distribución de los activos y determinan, por tanto, las posibilidades de acumulación de los mismos por parte de los individuos.

Entre las instituciones básicas más importantes podemos contar:

1. Instituciones que facilitan el acceso a activos productivos como tierra y capital,
2. Instituciones educativas,
3. Instituciones de salud,
4. Instituciones que facilitan el reconocimiento y protección de los derechos de propiedad,
5. Instituciones de representación política y sufragio,
6. Instituciones de resolución de disputas y manejo de conflictos,
7. Instituciones de protección social.

El rol que cumplen las instituciones básicas no se limita exclusivamente a la provisión de los activos, sino que además cumplen el rol fundamental de asegurar el control por parte del propietario tanto del activo como de los rendimientos que generan. De allí la importancia de las instituciones que permiten el reconocimiento y la protección de los derechos de propiedad dentro del conjunto de instituciones básicas.

Dado el conjunto de instituciones básicas, los individuos competirán por el control de los activos sociales. Las posibilidades de éxito al alcance de cada uno de ellos dependerán crucialmente de su respectiva dotación básica, dado el grado de apertura institucional. Así, si las instituciones básicas son abiertas e inclusivas el peso de las desigualdades iniciales sobre la perspectiva de vida de los individuos será menor, es decir, habrá mayor movilidad social. Un individuo que cuente con una menor dotación básica de activos que otro podría remontar las desventajas iniciales y disminuir la brecha que los separa gracias a un acceso equitativo a los activos sociales. Lo inverso también es válido. Instituciones básicas muy cerradas y excluyentes conllevarán a la profundización de las desventajas iniciales entre los individuos, acentuando con ello la desigualdad social.

¿De qué dependerá el grado de apertura de las instituciones básicas? Sin duda, es de suma relevancia para nuestros propósitos establecer con precisión una respuesta a esta interrogante, más aun en el contexto de las sociedades andinas objeto de nuestro análisis. A nuestro entender dicho grado de apertura institucional dependerá de la confluencia de una serie de factores cuyas raíces podemos rastrear en la historia. Dicha apertura sería el resultado de la persistencia a lo largo del tiempo de un conjunto de arreglos institucionales que son producto de las condiciones iniciales de la sociedad, en particular su grado de equidad. De acuerdo con Engerman y Sokoloff (2002), en sociedades que nacieron con mayor grado de equidad, las elites estuvieron menos predispuestas a establecer reglas, leyes y políticas gubernamentales que los favorecieran excesivamente frente al resto de la sociedad, favoreciendo el desarrollo de instituciones que promovieron un acceso equitativo a las oportunidades, contribuyendo de esta forma a la persistencia de arreglos sociales más equitativos. Por otro lado, "...in societies that began with extreme inequality, elites were better able to establish a basic legal framework that insured them disproportionate shares of political power, and to use that influence to establish rules, laws, and other government policies that greatly favored them relative to the rest of the population in terms of access to economic opportunities, contributing to persistence of the high degree of inequality" (Engerman y Sokoloff 2002: 3).

Así, la persistencia del grado de equidad inicial de la sociedad a través del tiempo opera por medio de la persistencia de las instituciones básicas, en particular su grado de apertura. En aquellos lugares en donde, producto de un alto grado de inequidad inicial, se constituyeron instituciones básicas excluyentes, la desigualdad social se ha mantenido elevada a lo largo del tiempo gracias precisamente a la persistencia a través de la historia de dichas instituciones básicas a las que la desigualdad inicial dio origen. Del mismo modo, allí donde la desigualdad inicial fue baja, las instituciones básicas que se configuraron permitieron un acceso más democrático a los activos sociales, facilitando con ello la reproducción del elevado nivel de equidad inicial.

Dos nuevas preguntas emergen a partir de nuestra respuesta anterior: 1) ¿por qué algunas sociedades “nacieron” con un mayor nivel de desigualdad inicial que otras? y, 2) ¿por qué persisten las instituciones que sostienen y reproducen en el tiempo dicha desigualdad inicial? Una primera respuesta a la primera pregunta la podemos encontrar en los trabajos de Stanley Engerman y Kenneth Sokoloff. Estos autores han insistido en que las diferencias iniciales en el grado de desigualdad pueden ser atribuidas a las respectivas dotaciones de factores de cada sociedad. Estas diferencias han tenido un impacto profundo y duradero en sus patrones de desarrollo debido a su efecto sobre el tipo de instituciones que se constituyeron en dichos sistemas sociales. Así, mientras que en el Brasil y el Caribe las condiciones favorables para el desarrollo de cultivos como el azúcar, con alto valor en el mercado, favoreció el uso intensivo de esclavos (lo cual derivó en la conformación de sociedades muy heterogéneas con elevados niveles de concentración de riqueza, capital humano y poder político), en América del Norte las condiciones climáticas favorecieron un régimen de producción de cultivos mixtos, sujeto a bajas economías de escala, en el cual se utilizaron pocos esclavos consolidándose luego como sociedades relativamente homogéneas y con mayor grado de equidad en el acceso a los recursos productivos y las oportunidades. En el caso de la América Hispana la relativamente abundante disponibilidad de tierras, la abundancia de fuerza de trabajo nativa y la riqueza de los recursos minerales crearon condiciones para el desarrollo de instituciones que favorecieron la concentración de riqueza y los recursos en las elites (Engerman y Sokoloff 1994 y 2002).

domingo, 5 de octubre de 2008

El Mito de la Izquierda Igualitaria: Igualdad, ¿pero de qué?

A partir de mis últimas entradas sobre el tema de igualdad de oportunidades (ver aquí, aquí y aquí), voy a comenzar una serie de posts discutiendo el concepto de igualdad que se desprenden de los trabajos de economistas y filósofos modernos que han discutido el tema. En particular, mi propósito es poner en cuestión esa suerte de monopolio que pretende arrogarse la izquierda sobre la lucha por la igualdad y las condiciones de vida de los más necesitados. En realidad, la dimensión de recursos materiales es solo una de las dimensiones sobre la cual podemos evaluar las diferencias entre las personas. Una de las ideas básicas que trataré de mostrar es que la visión que tiene la izquierda respecto a la desigualdad es defectuosa comparada con otras visiones alternativas.

Gran parte de esta confusión tiene que ver con la forma en que la igualdad es percibida por el ciudadano común. Cuando se habla de igualdad, lo primero que muchos piensan es la igualdad en el vector de ingresos o, en un sentido más general, de bienes materiales. Los teóricos de la justicia modernos concuerdan que dicha visión, que es básicamente la defendida por la izquierda, es básicamente defectuosa, como se desprende de mis posts sobre igualdad de oportunidades y que espero desarrollar en los posts siguientes.

Antes de empezar nuestra discusión sobre a los problemas económicos y filosóficos de la desigualdad, es pertinente hacer explícitas dos cuestiones básicas señaladas por Amartya Sen respecto al tema distributivo. En primer lugar es preciso reconocer que el asunto de la igualdad, y las demandas que emergen en búsqueda de esta, no pueden obviar el hecho fundamental de que los seres humanos son esencialmente diversos, tanto en sus atributos internos como a los factores externos con los que se enfrentan. El no reconocimiento de estas diferencias puede derivar en la incapacidad para comprender la naturaleza y los alcances de la problemática distributiva.

En segundo lugar, existe una multiplicidad de variables a partir es posible juzgar la igualdad. De esta manera, la diversidad humana conduce a divergencias en la valoración de la igualdad cuando esta se contrasta con variables distintas. De allí la relevancia de plantear correctamente que entendemos por igualdad y sobre de qué tipo de ésta estamos hablando.

Los seres humanos somos muy diferentes en distintos respectos. Estamos sujetos a distintas características y circunstancias tanto externas como internas. Llegamos a este mundo provistos de diferentes dotaciones de activos, recursos y talentos. Tenemos distintos orígenes familiares, somos de razas diferentes y, claro está, de diversos géneros. Vivimos en ambientes naturales y sociales cuyas diferencias condicionan nuestras oportunidades y posibilidades de ser y hacer. Somos, en suma, producto de las diversas condiciones con las que empezamos nuestra existencia y de las circunstancias en la que ésta se desenvuelve.

Dependiendo de la forma en que estas diferencias se traduzcan en términos de disparidades de ingreso y riqueza es que podremos considerar a la desigualdad como un problema ético. Si la desigualdad distributiva es resultado, en parte, de las diferencias individuales en las dotaciones de activos y recursos que se constituyen por tanto en factores que escapan del control de los individuos (y por ende “moralmente arbitrarios”), estaremos entonces frente a una situación éticamente problemática, puesto que el conjunto de factores claves para la creación de riqueza resultan siendo “externos” al individuo. Sin embargo, las disparidades de ingreso y riqueza son reflejo también de diferencias individuales en materia de esfuerzo, ambición y disposición de asumir riesgos. Dado que estos factores pertenecen al ámbito de la responsabilidad personal resulta siendo evidente que no toda desigualdad del ingreso termina siendo un problema ético.

Entonces, las diferencias existentes entre los individuos en términos de atributos personales y de características externas son de vital importancia para evaluar la desigualdad. Ello es así puesto que la igualdad en un ámbito determinado generalmente suele ir acompañada con desigualdades en otros ámbitos alternativos. Si, por ejemplo, se lograse construir un sistema social en el cual se asegure un nivel de ingresos similar para todos los individuos, ello no nos garantizaría que todos estos logren alcanzar un mismo nivel de bienestar. Aquellos miembros de la sociedad que tuviesen, por ejemplo, algún tipo de falencia física se verían limitados para realizar la transformación del ingreso obtenido en términos de bienestar debido a la carencia de algunas capacidades básicas para llevar a cabo el tipo de vida que valoran. Así, la desigualdad con respecto a una variable (por ejemplo, ingresos) puede llevarnos en una dirección muy diferente de la desigualdad en el ámbito de otra variable (por ejemplo, derechos o bienestar).

Dada la pluralidad de variables sobre las cuales es factible centrar nuestra atención (ingreso, patrimonio, utilidades, recursos, libertades, derechos, calidad de vida, etc.) con el propósito de evaluar la igualdad interpersonal, resulta siendo difícil la elección del conjunto de éstas que constituirán nuestro enfoque de evaluación, elección sin duda crucial para una adecuada aproximación al tema que nos interesa.

Las distintas teorías normativas al respecto siempre han exigido la igualdad de “algo” en particular, en razón de la importancia intrínseca y/o instrumental de ese “algo”. Así, por ejemplo, encontramos en las propuestas de John Rawls un reclamo a favor de la igualdad de libertades e igualdad en el acceso a “bienes primarios”. Amartya Sen nos habla de igualdad de capacidades mientras que Donald Dworkin nos plantea la igualdad en el acceso y control de los recursos. Inclusive, aun quienes rechazan la noción de justicia distributiva abogan por un tipo particular de igualdad. Por ejemplo, Robert Nozick es partidario de la igualdad de derechos libertarios de los individuos.

Finalmente, y aunque no suele ser reconocido, en la postura utilitarista subyace un tipo particular de igualdad. Esta consiste tratar por igual a los seres humanos en el ámbito de ganancias y pérdidas de utilidades, asignándoles igual ponderación en la función objetivo utilitarista de las ganancias de utilidad de cualquier individuo. Como bien señala Amartya Sen, “...el utilitarismo concede exactamente la misma importancia a las utilidades de todos los individuos con respecto a la función objetivo, y esta característica, unida a la formula de maximización, garantiza que las ganancias de utilidad de cada individuo tengan igual ponderación en el ejercicio de maximización”.

¿Cuál es el enfoque es más adecuado para juzgar la (des)igualdad? Como en todo campo de conocimiento es difícil encontrar un enfoque que se encuentre exento de dificultades, tanto teóricas como prácticas. En los posts siguientes discutiré las visiones sobre justicia distributiva más conocidas.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Discutiendo sobre Igualdad de Oportunidades (II)

Ahora necesitamos un supuesto sobre las instituciones vinculadas a los resultados; es decir, aquellas relacionadas con el acceso al bienestar. Nuevamente, estas instituciones pueden ser cerradas o abiertas. Una institución importante en este sentido es el mercado laboral. Entonces, podríamos tener por ejemplo –al menos conceptualmente- una sociedad con instituciones básicas abiertas pero con instituciones de resultados cerradas como ocurriría en una situación en donde todos los miembros de una sociedad tengan las mismas oportunidades educativas, diferente logro académico en función al esfuerzo desplegado, pero un logro laboral que es una función del vector de circunstancias y ortogonal al vector de esfuerzos debido a, por ejemplo, acceso a redes sociales en el mercado de trabajo. Esto es una versión extrema, pero sirve para hacer notar que la conexión entre ambos tipos de instituciones no es automática, a pesar de que lo más plausible es que si un tipo de institución es relativamente excluyente y/o cerrada, es esperable que algo de eso pase también en el otro tipo de instituciones. Así por ejemplo, “Chico” Ferreira del Departamento de Investigación del Banco Mundial sugiere que algo de esto podría estar pasando para el caso de Brasil.

Ahora, es necesario hacer explicito un supuesto más: la relación entre el vector de circunstancias y el de esfuerzos. Toda la discusión anterior se baso en el supuesto implícito de que dichos vectores eran ortogonales (en cristiano, que no estaban relacionados). Levantemos ese supuesto y vayamos –ahora si- al ejemplo que nos plantea Carlos.

“Sea una situación hipotética en la que el grado de movilidad social que enfrenta cada persona a lo largo de su vida depende exclusivamente de su posición inicial en la sociedad, la cual a su vez, depende exclusivamente del "ticket" que le toca al nacer en la lotería del nacimiento.” Si esto es así, entonces la movilidad social es exógena y el vector de esfuerzo no debería jugar ningún rol en el logro distributivo de cada persona. Sin embargo, luego Carlos nos dice al introducir su ejemplo con los tickets: “La única gran diferencia que ello implica es que, de nacer pobre, se requiere de mucho mayor esfuerzo para mantener un determinado nivel de vida "mínimamente digno" (digamos, aquel mínimo con el cual se satisfacen las necesidades básicas) que si se naciera rico.” Si es así, entonces los tickets solo determinan una fracción del grado de movilidad social individual y el resto sería explicado por el esfuerzo. Ahora, de acuerdo con Carlos, con estos supuestos tendríamos “… una situación de perfecta igualdad de oportunidades en tanto las probabilidades de obtener cada ticket (aún así sean muy desiguales) son las mismas para todos y, en un sentido estricto, el bienestar de cada persona depende exclusivamente de su esfuerzo.”

Para que ello sea cierto, sería preciso indicar cuál es el supuesto respecto a la estructura social. Implícitamente, el ejemplo asume que, o la estructura social no importa, o que las instituciones están conformadas de tal modo que el logro distributivo es una función exclusiva del esfuerzo. Adicionalmente, se asume que la distribución exógena de activos (el ticket en el ejemplo) no influye el esfuerzo individual, lo cual es un supuesto muy fuerte. Es esperable que si uno nace en condición de pobreza, dicha condición influya las preferencias y expectativas de vida de las personas (algo sobre lo que Amartya Sen ha hecho mucho hincapié y que también Roemer recoge en su formulación teórica sobre igualdad de oportunidades), como bien es mencionado un párrafo más abajo.

Noten que la idea indicada en el texto respecto que no habría problema en una situación en donde todo el mundo estuviera por encima de un umbral mínimo del bienestar implica necesariamente el punto que trate de levantar en mi post anterior: a saber, que nuestra concepción de igualdad de oportunidades depende de la estructura social que asumamos. En el ejemplo de Carlos, la estructura social es exógena, es rígida y está compuesta por dos posiciones: una de ventaja (ser rico) y una de desventaja (ser pobre). Para dar espacio a un caso en donde todos los miembros de esta sociedad abstracta estén por encima de un umbral mínimo de bienestar es preciso endogenizar la estructura social y hacerla más flexible. Supongamos que la estructura social es flexible, esto es, que se ajusta –por ejemplo- a cambios en términos del esfuerzo individual. Una forma de modelar lo anterior en asumir que en esta sociedad existen 2 individuos en el periodo inicial (uno pobre y el otro rico), pero que existen 3 posiciones en el periodo final (dos posiciones de ventaja y una de desventaja). En condiciones de igualdad de oportunidades solo el esfuerzo importa, entonces el pobre podría, en virtud a su esfuerzo, ocupar la otra posición de ventaja y por tanto todos los individuos estarían por encima del nivel de bienestar mínimo aceptable (ósea, no habrían pobres). Tomen nota que también podría darse el caso en que, aquel que ocupa la posición de ventaja en el periodo inicial (el rico), se vuelva pobre en el periodo final producto a que no se esforzó y estaríamos en el mismo caso del ejemplo anterior, con la diferencia que el rico y el pobre cambian de posición (además, una de las posiciones de ventaja quedaría vacía). Este ejemplo ilustra un punto importante: igualdad de oportunidades no implica que todo el mundo estará en mejor situación que en una sociedad en donde dicha igualdad no existe. Lo único que el criterio garantiza es que, si observamos pobres, estos lo serán en función de su vector de esfuerzos. Por tanto, al no ser un resultado injusto desde el punto de vista moral, el resto de la sociedad no debería sentirse mal por ello.

Nuevamente, este resultado depende del supuesto de que no hay relación entre los vectores de circunstancias y esfuerzos. Una vez que levantamos ese supuesto, deberíamos admitir que las preferencias, ambición y disposición del trabajo duro que tienen las personas están al menos parcialmente influenciadas por el “ticket” que les toco en la lotería del nacimiento, por lo que, siguiendo el ejemplo anterior, el caer en la pobreza –aun teniendo perfecta igualdad de oportunidades- no estaría totalmente bajo su control. Adicionalmente, si asumimos un mundo con incertidumbre en donde existen shocks aleatorios sobre el bienestar cuya función de distribución no es conocida por las personas (ejm: un desastre natural no anticipado), entonces estaríamos en un caso en donde las personas no son moralmente responsables por el resultado distributivo observado y deberían eventualmente ser compensadas por ello.

Entonces, la aplicación del concepto de igualdad de oportunidades no cierra la puerta a situaciones que uno podría considerar indeseables; esto es, que existan pobres a pesar de que la sociedad garantice plena igualdad de oportunidades. Para complicar la cosa, podríamos introducir el talento en nuestro modelo y suponer que este se distribuye aleatoriamente entre la población. Si el logro en términos de la adquisición de un activo valioso es una función del esfuerzo y del talento, entonces aun en una situación con igualdad de oportunidades y con individuos desplegando el mismo nivel de esfuerzo, uno debería observar diferencias en los resultados en función al talento. Siendo el talento un factor “moralmente arbitrario” y que escapa del control del individuo, ello debería abrir la puerta a mecanismos que compensen a los menos talentosos.

Termino tratando de responder las preguntas planteadas por Carlos. Aun teniendo plena igualdad de oportunidades y perfecta movilidad social, nada garantiza que la gente pueda lograr el tipo de vida que desea, ni mucho menos que haya gente en condición de pobreza. El resultado distributivo será resultado de sus elecciones ciertamente (las cuales no serán completamente independientes de sus circunstancias) y eventualmente de un shock aleatorio (que puede ser tanto negativo como positivo). Dado este componente, las instituciones sociales deberían de ser conformadas de modo tal que garanticen un piso de bienestar básico. En la versión de Dworkin, esto podría alcanzarse mediante la provisión de algún mecanismo de seguros.

Para seguir pensándolo.

Discutiendo sobre Igualdad de Oportunidades (I)

Tengo este post pendiente desde hace días. Carlos del Carpio ha escrito un interesante post en el Gran Combo Club partiendo del ejemplo que discutiera aquí. Voy a re-escribir su ejemplo para ampliar la discusión del tema.

Primero, notemos que la idea de entrada sugiere una relación entre la movilidad social y la igualdad de oportunidades. También que estamos hablando al menos de dos periodos. Primero, definamos que entendemos por movilidad. Una forma de aproximarnos al tema seria considerar que existe movilidad social perfecta cuando el origen familiar no ejerce ningún rol sobre el resultado distributivo de un individuo y por tanto la correlación entre el nivel de bienestar disfrutado -por ejemplo- por mi padre y el mío sería la misma que se obtendría si se tomara aleatoriamente a un par de individuos de la población. En el caso (extremo) contrario, el origen familiar sería determinante y la correlación entre ambos niveles de bienestar sería perfecta (Aquí hay que tener en cuenta que en esta definición existe un problema empírico central que consiste en determinar a qué variables conceder importancia a la hora de aproximar el origen familiar. Hay varios candidatos como el nivel educativo, el origen étnico, la riqueza, o algún proxy de atributos no observables transmitidos generacionalmente como la disposición al ahorro, al trabajo duro, la ambición y la predisposición a asumir riesgos. Como en todo, aquí no hay lonche gratis). Es importante notar aquí que movilidad social en este esquema no solo implica la movilidad social ascendente, si no también incluye el caso en donde individuos pueden descender en la pirámide distributiva.

Volvamos al ejemplo. Sea una sociedad abstracta en donde la distribución de las dotaciones iniciales (compuesto por activos transferibles y no transferibles) es aleatoria. La posición inicial es definida en términos de los recursos que controla una persona gracias a su dotación. Si definimos una línea de pobreza definida sobre un vector de activos (obviando cualquier problema de agregación) en vez de la tradicional línea basada en ingresos, entonces podremos dividir esta sociedad abstracta entre ricos y pobres haciendo abstracción de la estructura social subyacente o suponiendo que esta es exógenamente determinada. Una versión de este supuesto seria, por ejemplo, la idea de que la distribución de los activos es exógena y que está determinada por un “shock fundacional” tal y como aparece en los trabajos del profesor Adolfo Figueroa. Este supuesto implica, en su versión más extrema, tanto que la estructura social es rígida como que la movilidad social es nula (o, dicho de otro modo, que el vector de esfuerzo de los individuos es ortogonal al bienestar que este logra). Si nos quedamos aquí, tendríamos la descripción estándar en nuestra literatura sociológica y antropológica, la cual tiende a ver a la sociedad peruana como excesivamente rígida y con escasa movilidad social. El esfuerzo individual no ejercería ningún rol relevante.

Permitamos ahora que el esfuerzo juegue un rol en el resultado distributivo. Una forma de hacer ello es modelando la estructura social. En un background paper que escribí como parte del proyecto que termino en el libro sobre discapacidad que hice para el Congreso, introduje una distinción entre instituciones vinculadas con la adquisición de activos sociales y aquellas mas vinculadas con los resultados. A las primeras las denomine instituciones básicas. La idea es la siguiente: aunque la dotación inicial es importante, lo cierto es que muchos activos claves para el desarrollo humano se obtienen por medio de instituciones sociales claves durante las fases iniciales del ciclo de vida y por tanto existe un rol para el esfuerzo individual en términos de la adquisición de dichos activos. Dado el conjunto de instituciones básicas, los individuos compiten por el control de los activos sociales –como educación y salud por ejemplo- por lo que la posibilidad de éxito al alcance de cada uno dependerá crucialmente de su respectiva dotación básica de activos, dado el grado de apertura institucional. Así, si las instituciones básicas son abiertas e inclusivas, el peso de las desigualdades iniciales sobre la perspectiva de vida de los individuos será menor, es decir, habrá mayor movilidad social. Lo inverso también es válido. Instituciones básicas muy cerradas y excluyentes conllevarán a la profundización de las desventajas iniciales entre los individuos, acentuando con ello la desigualdad social. Es por esa razón que en mi post anterior argumentaba que la estructura institucional de una sociedad es clave para comprender la igualdad de oportunidades.

Planteado así el modelo, ¿cómo entender la igualdad de oportunidades? Bueno, ello depende de cuál es el supuesto que hagamos sobre las instituciones básicas. Si estas son abiertas; esto es, la probabilidad de acceso a una institución básica que distribuye un activo social valioso es igual para todos los individuos, entonces las diferencias observadas en términos del activo efectivamente adquirido dependerá exclusivamente del esfuerzo individual (ejm: todos los niños tienen la misma probabilidad de ir al Markhan, por lo que diferencias en su performance académica dependerá exclusivamente de su esfuerzo). Si, por el contrario, asumimos que estas son cerradas, entonces dichas diferencias dependerán exclusivamente del vector de circunstancias. Una sociedad típica se encuentra ubicada en algún punto intermedio entre estas dos versiones extremas.

Continua aqui

sábado, 21 de junio de 2008

Todo lo sólido se desvanece en el aire: sobre Marx y la justicia distributiva (II)

Marx, al igual que los clásicos, consideraba que el trabajo era la fuente de valor de todas las mercancías. Sin embargo, a pesar de ello, el trabajador no recibe el valor total producido. El capitalista toma para sí una parte de este valor producido en la medida que ejerce relaciones de propiedad sobre los medios de producción usados para crearlo, lo cual le permite organizar el proceso productivo y decidir la distribución del excedente. Esto, que a primera vista parece tener sentido, es lógicamente insostenible puesto que se enfrenta a una limitación fundamental que no había podido ser resuelta por los economistas clásicos: explicar el origen del beneficio en una economía en donde las mercancías se intercambian por el tiempo de trabajo incorporado en ellas. Si bien es cierto que existen diferencias sustantivas entre los autores sobre lo que estos entienden por “tiempo de trabajo”, para efectos de esta discusión no será necesario ahondar más al respecto. Bastara mencionar que Smith habla sencillamente de “tiempo de trabajo”, mientras que Ricardo y Marx hablan respectivamente de “tiempo de trabajo necesario” y “tiempo de trabajo socialmente necesario”.

Esta cuestión era sin duda fundamental. Si en una economía todas las mercancías se intercambian por el tiempo de trabajo necesario para producirlas, ¿cómo se origina entonces la ganancia? ¿Se originaría esta en el proceso de circulación? Esto podría ser posible sólo en casos excepcionales y únicamente de manera temporal pues, en la medida de que los otros productores se percatasen de que existe la posibilidad de colocar su producto con un valor situado por encima del tiempo de trabajo que le cuesta producir una mercancía, se acabaría la oportunidad de ganancia excepcional al presionar la mayor oferta de producto a la caída del precio de mercado hasta alcanzar su nivel de equilibrio. Formalmente, podemos decir que si la circulación capitalista tiene la forma D-M-D’, donde D’=D+d, ¿cuál es el origen de d si MA(L)=MB(L), donde L representa el tiempo de trabajo de la mercancía MA y la mercancía MB?

Si no es la circulación, entonces la única respuesta posible a nuestro alcance es que la ganancia se origine en el proceso de producción. Para ello Marx se va apoyar en su teoría de la plusvalía, la cual, a decir de los teóricos de vena marxista, resuelve la paradoja que mencionábamos, brindándonos de esta forma, la pieza faltante en este intrincado rompecabezas.

Veamos ahora el razonamiento básico de esta propuesta. De acuerdo con Marx, en la sociedad capitalista se intercambian mercancías en función del tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas. La fuerza de trabajo del obrero, es decir, su capacidad de trabajo, es una mercancía mas en el capitalismo y como tal es intercambiada por el valor de los medios de subsistencia necesarios para el mantenimiento y reproducción de la misma. Esta mercancía es adquirida por el capitalista en el mercado de trabajo y es llevada por este al proceso productivo en donde es utilizada para la producción de otras mercancías. Bastaría solo con una fracción de la jornada laboral para que el obrero genere un valor equivalente al valor de los medios de subsistencia necesarios para su reproducción social representado por el salario que le paga el capitalista. Sin embargo, el capitalista paga al obrero por una jornada completa de trabajo, creando por lo tanto este último más valor del necesario para cubrir el costo que le representa el capitalista. A este valor adicional Marx lo denominó Plusvalía.

Así, en el capitalismo-según Marx-la clase propietaria vive a expensas del valor creado por la clase trabajadora. La ganancia apropiada por el capitalista en razón de su propiedad sobre los medios de producción existe en un contexto en donde se intercambian mercancías por tiempo de trabajo socialmente necesario equivalente. Como menciona la economista británica Joan Robinson, Marx en esta etapa “...no acusa al capitalismo a la manera del idealista ingenuo que considera a la explotación como un robo. Por el contrario, con un sarcasmo lógico, defiende al capitalismo. No hay estafa, todo se cambia a su valor, tal como es correcto y justo. No es el valor que produce lo que se le debe al trabajador, sino el que cuesta, lo que se le debe al trabajador” (Robinson 1966, pág. 44).

De esta manera, es clara la relación que existe entre la teoría del valor marxista y la teoría de la explotación. De hecho, esto nos permite decir ya un rasgo clave de la teoría marxista: los resultados distributivos se hallan fuertemente condicionados por las relaciones de propiedad establecidas sobre los recursos productivos, en particular los medios de producción. Es decir, gracias a su condición de propietaria de los medios de producción, la clase capitalista puede vivir a expensas del valor producido por la clase trabajadora desposeída de dichos medios, y es dicha condición la que le permite decidir la distribución del excedente generado.

Sin embargo el argumento marxista no queda aquí. Marx va mas allá al considerar que este conjunto de relaciones sociales establecidas a propósito de la producción de mercancías conjuntamente con la contradicción de clases y el incesante desarrollo de las fuerzas productivas determinan tanto el conjunto de las instituciones, ideas y practicas de naturaleza jurídica, política, religiosa, artística y filosófica que caracterizan tanto a una determinada época como el proceso que deriva en el cambio social de una etapa histórica a otra.

En el justamente famoso prefacio a su Contribución a la Crítica de la Economía Política (1959) Marx delinea esta idea como sigue:

“El resultado general a que llegue y que, una vez alcanzado, sirvió de hilo conductor en mis estudios, puede formularse brevemente de la siguiente manera. En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de la conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, es su ser social el que determina su conciencia.” (Marx 1973 [1859], pág. 8 y 9).

Así, en el capitalismo, la clase capitalista no sólo es propietaria de los medios de producción, lo cual le otorga la capacidad de decidir como se distribuye el excedente, sino que, además, estas relaciones de propiedad les permite el ejercicio del poder político, el control del aparato estatal y la imposición de un conjunto de ideas y valores consistentes con su predominio de clase. De esta manera, las relaciones de propiedad son las determinantes últimas de la distribución del excedente económico y de otros recursos valiosos relacionados con el acceso al poder político e inclusive la cultura.

Del análisis marxista es sencillo desprender que una condición necesaria para la eliminación de las desigualdades sociales consiste en la supresión de las relaciones de propiedad establecidas sobre los recursos productivos. Este proceso seria-según Marx- una consecuencia necesaria del proceso de evolución del capitalismo debido a la lógica de la búsqueda de ganancia que guía las decisiones de producción de los capitalistas.

De acuerdo con Marx, es gracias a esta lógica que el capitalismo revoluciona constantemente las fuerzas productivas. El cambio social estará ad portas cuando en un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas estas entren en contradicción con las relaciones sociales de producción vigentes. Al ser estas últimas un obstáculo al desarrollo de una nueva forma de organización social, el transito de una etapa histórica a otra solo será posible por medio de una revolución social.

Marx y Engels estaban convencidos que en la sociedad capitalista, al revolucionarse constantemente los medios de producción, estos cambios serian más dinámicos y constantes. En el Manifiesto del Partido Comunista (1848) graficarían este dinamismo de la siguiente forma:

“Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cotejo de creencias e ideas veneradas durante siglos, quedan rotas, las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones reciprocas.” (Marx y Engels1988[1848], pág. 40).

Así, en el proceso de su evolución el sistema capitalista desarrolla las contradicciones internas que en algún momento habrán de derivar en su negación, dialécticamente hablando, y su superación por un esquema de organización económica y social superior. El capitalista, al buscar la máxima ganancia, invierte cada vez mas en técnicas de producción intensivas en capital. Asimismo, esta acumulación de capital no seria posible sin revolucionar constantemente las fuerzas productivas y los medios de producción. El resultado será la conformación del ejército industrial de reserva.

Así, a medida que se desarrolla el capital, el trabajo tiende a subdesarrollarse. Esta contradicción-según Marx- es la que llevará al capitalismo, tarde o temprano, a su extinción. El capitalista se enfrentará con un problema de escasez de mercados pues, al adoptar tecnologías cada vez más intensivas en capital, no solo ahorrara mano de obra sino que perderá también potenciales clientes. Los trabajadores serán excluidos del mercado laboral, lo que a su vez los excluirá del mercado de bienes. Aquí radica una de las grandes contradicciones del capitalismo pues lo que le resulta rentable individualmente a cada capitalista (implementar tecnologías ahorradoras de trabajo) les resulta colectivamente adverso (reducción de mercado). Con el tiempo, los elevados niveles de exclusión laboral harán inviable al capitalismo y los trabajadores no tendrán “...nada que perder...más que sus cadenas” (Marx y Engels 1988[1848], pág. 74). La revolución social estará a la vuelta de la esquina.

martes, 17 de junio de 2008

Todo lo sólido se desvanece en el aire: sobre Marx y la justicia distributiva (I)

Son muy pocas las doctrinas que como el marxismo han logrado, a lo largo de la historia, movilizar los esfuerzos de miles de hombres en el afán de construir una sociedad mejor. Inspirados en las ideas de Marx, intelectuales, obreros y políticos de muchos países del planeta llevaron acabo experimentos de transformación social con el propósito de alcanzar la promesa de bienestar social explicito en el mensaje del considerado hombre más influyente del milenio, con los resultados por todos conocidos.

Sin embargo, y más allá del patente fracaso de estas experiencias, no cabe duda que el credo marxista traía consigo un mensaje fuertemente igualitario. La condena de Marx a la sociedad capitalista de su época no hubiera tenido sentido si no hubiera sido testigo presencial de los efectos negativos asociados a la revolución industrial. Las extensas jornadas de trabajo, las condiciones inhumanas del mismo y los magros salarios eran parte de un cuadro desolador que Marx trató de comprender en un principio y luego transformar.

Ciertamente, dicho mensaje igualitario no deja de ser seductor en la actualidad. De hecho, algunos sectores (sobre todo la izquierda) se sienten poseedores de cierta superioridad moral frente a otros sectores políticos por esta razón. Tengo la hipótesis de que dicha vocación igualitaria del marxismo (y por extensión del socialismo marxista) esta mal planteada y que disponemos en la actualidad de teorías de justicia distributiva más potentes que la que se basa en Marx. Como no hay mejor forma para cuestionar una teoría rival que conociéndola, me animo a escribir sobre un tema tan complejo y apasionante, a riesgo de ser criticado por los amantes de la Vulgata marxista.

Este mensaje igualitario puede ser considerado a su vez como uno de los alegatos más contundentes contra la desigualdad generada por el sistema capitalista. De hecho no es exagerado afirmar que en todas las teorías de vena marxista la motivación central la constituye la denuncia moral, explícita o implícita, de las disparidades en la distribución del bienestar que deriva del funcionamiento del sistema. Por esa razón, quiero discutir en una serie de posts la visión de justicia distributiva que se desprende de los escritos de Marx, y trazar la evolución del pensamiento de Marx en este respecto. Más importante aun, me parece discutir las visiones de justicia de los seguidores modernos de Marx, como es el caso de los marxistas analíticos. Me basaré en las contribuciones de los analíticos pues considero que el resto del marxismo puede ser categorizado –siguiendo a los mismos marxistas analíticos- como bullshit.

Decía que la condena moral de las desigualdades engendradas por el capitalismo es consustancial al marxismo. Es en los escritos del propio Marx en donde ello se manifiesta con mayor claridad. Su evolución teórica es un notable esfuerzo por develar la "anatomía de la sociedad burguesa", esfuerzo que transita desde la critica moral y filosófica de la desigualdad, presente en sus primeros escritos, hacia un análisis con pretensión científica del modo de producción capitalista, presente en su obra económica de madurez, en particular en Das Kapital.

En su primera etapa la condena marxista del capitalismo se apoya en la filosofía. La influencia hegeliana es decisiva en este periodo, en particular la crítica realizada por Hegel al capitalismo a causa de su negatividad, critica que es asumida por Marx casi sin reservas. La sociedad capitalista, según este autor, esconde bajo la apariencia de orden y armonía un esquema de organización social claramente irracional. Para el joven Marx, como para su maestro Hegel, la sociedad burguesa ofrece un espectáculo de miseria física y moral bajo la apariencia de interés común. La división del trabajo y la propiedad privada en que se fundamenta el capitalismo traen consigo el agrandamiento de las diferencias entre los hombres, el embrutecimiento de los trabajadores y un incremento de su dependencia frente al capital. En suma, la sociedad burguesa tiene como condición, según el joven Marx, la miseria de la gran mayoría.

Sin embargo, el distanciamiento de Hegel no se hizo esperar. Marx no aceptaba la salida propuesta por su maestro quien encontraba en el Estado el medio a través del cual habría de superarse la negatividad de la sociedad burguesa, constituyéndose así en el mecanismo que aseguraría la "realización de la libertad" de los individuos. Por el contrario, el Estado, que debería velar por el interés general, parece obrar-según Marx- sólo en defensa de la propiedad privada.

De esta forma, tanto Marx -como Engels- encuentran en la propiedad privada el fundamento de la irracionalidad de la sociedad burguesa y el origen de las desigualdades que la caracterizan. En los Comentarios a la Obra de James Mill y en los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844 Marx realizó una severa critica de la propiedad privada que puede ser resumida, siguiendo a Ureña (1977), en los siguientes términos:

Una economía basada en la propiedad privada tiene como presupuesto fundamental el que el hombre individual produce únicamente para tener la mayor cantidad posible de productos, es decir, tiene un fin egoísta y está alentada por la 'codicia'; igualmente, el intercambio de productos tiene como única finalidad el enriquecimiento egoísta propio, es decir, el intercambio tiene como ley el engaño mutuo, la explotación mutua, la guerra entre codiciosos, en una palabra: la 'concurrencia'; el productor individual que, necesitando sólo un par de zapatos para calzarse asimismo, produce mil pares, no lo hace por el gozo humano de poder así calzar a mil de sus semejantes, sino sólo por el motivo de 'intercambiarlos' contra otras cosas y 'tener' así más y más. Con esto Marx cree descubrir el verdadero significado de la propiedad privada burguesa: bajo sus presupuestos el trabajo es un trabajo alienado, egoísta, inhumano.”

Así, en la sociedad capitalista la división del trabajo tiene por fin producir mercancías para el intercambio y no para la satisfacción de las necesidades. El trabajo humano pierde entonces todo carácter social y los individuos se relacionan entre ellos en tanto poseedores de mercancías y no como seres humanos. He aquí la irracionalidad de esta sociedad según Marx: el mundo de las cosas cobra más relevancia que el mundo de los seres humanos. El trabajo humano es así un trabajo alienado.

Marx profundiza su crítica analizando con mayor detalle la alienación del trabajo humano, acercándose a lo que seria luego su teoría de la explotación, base fundamental de la crítica marxista a las desigualdades que genera el sistema. El concepto de alienación que desarrolla en los Manuscritos Económicos-Filosóficos de 1844 tiene un contenido socioeconómico profundo, lo cual lo aleja de la naturaleza filosófica del concepto que Marx había tomado en un principio de Hegel, Schelling y Feuerbach. En Marx, el hombre alienado ya no es aquel ser desgarrado que se aferra a un mundo religioso o especulativo. Es ahora el miembro de una sociedad imperfecta, una sociedad deshumanizada, una sociedad que es inhumana-según Marx- en la medida en que el trabajo de sus miembros, el mismo que debería permitir el desarrollo pleno de éstos, es un trabajo alienado, un trabajo que no produce para sí ni para la satisfacción de las necesidades humanas (Mandel 1969, pág. 24-25). Este análisis lleva a Marx a precisar con mayor claridad al principal perjudicado de este trabajo alienado y alienante: el proletario.

En los Manuscritos Económicos-Filosóficos de 1844 Marx expresaba esta idea en los siguientes términos:

Partimos de un hecho económico 'contemporáneo'. El obrero se vuelve tanto más pobre cuantas más riquezas crea....El obrero se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La 'devaluación' del mundo humano aumenta en proporción directa a la 'supervaloración' del mundo de las cosas. El trabajo no produce solamente mercancías; se produce también así mismo y al obrero como 'mercancía', y esto precisamente en la medida en que produce mercancías”.

Así, mientras tanto más trabaja el obrero tanto más crea un mundo de objetos que le son hostiles y le aplastan (Mandel 1969, pág. 29).

En el proceso de su evolución teórica Marx logra descubrir cuales son, a su entender, las causas últimas de la alienación del trabajo humano. Marx encuentra que son la división del trabajo y la producción mercantil, conjuntamente con la propiedad privada, las raíces de la alienación.

En otro pasaje del mismo manuscrito a propósito de esto Marx escribiría:

“...mientras la división del trabajo eleva la fuerza productiva del trabajo y la riqueza y el refinamiento de la sociedad, empobrece al trabajador hasta equipararle a una maquina. Mientras que el trabajo trae consigo la acumulación de capitales y con ello el bienestar creciente de la sociedad, hace al trabajador cada vez más dependiente del capitalista”.

De esta forma, el trabajo alienado es aquel trabajo que-según nuestro autor-no es propietario del producto generado; es el trabajo que produce para enriquecer a otros. En otras palabras, y de acuerdo con este enfoque, es aquel trabajo que refleja la división de la sociedad en dos clases antagónicas, la existencia de una marcada contradicción entre el trabajo y el capital, y la presencia de la propiedad privada sobre los medios de producción como el arreglo social fundamental en la sociedad capitalista. En suma, una sociedad basada en la explotación del hombre por el hombre, la explotación del proletario en manos del capitalista.

Hasta aquí resulta claro que para Marx el sistema capitalista se fundamenta en una relación de intercambio desigual, y por lo tanto injusta, entre el proletario desposeído de los medios de producción y el capitalista cuya propiedad privada sobre estos medios le permite imponer condiciones a la hora de distribuir los frutos del proceso de creación de riqueza. Esta relación de intercambio desigual tiene su origen–según Marx-en la lógica del sistema, orientada a la producción de mercancías para el intercambio mercantil y no en la producción de valores de uso para la satisfacción de las necesidades. Esto nos lleva a la famosa teoría del valor que Marx delinea en su trabajo de madurez, fundamentalmente en su obra magna, Das Kapital, la cual, a pesar de su pretensión científica, esta llena de una carga normativa implícita.

lunes, 9 de junio de 2008

El “derecho” a la gratuidad de la enseñanza, Rawls y el “truncamiento” del estado de bienestar (II)


Para no caer en lo anecdótico y antes que alguien me declare seguidor del método de Wiener, veamos algunas cifras. Para evaluar empíricamente la efectividad del arreglo vigente de gratuidad indiscriminada de la enseñanza desde un punto de vista rawlsiano (como el sugerido líneas arriba), deberíamos disponer de información respecto a cual es el origen socioeconómico de aquellos que actualmente se encuentran estudiando en las universidades públicas y poner atención a cual es la participación que tienen los universitarios que provienen de los sectores menos aventajados. Una forma de aproximar la condición socioeconómica es mediante el uso de quintiles de gasto per-capita, el mismo indicador de bienestar que usamos para aproximarnos a la medición de la pobreza. Con ello en mente, presento en el Gráfico 1, elaborado a partir de la Encuesta Nacional de Hogares del 2007, la distribución de los estudiantes universitarios en universidades publicas según categoría socioeconómica.



Como se desprende del gráfico, los más pobres son sistemáticamente excluidos de la educación superior pública, convirtiéndose esta en la práctica en un subsidio de toda la sociedad (incluidos los más pobres) a los que gozan de más ventajas. Del total de estudiantes de las universidades públicas, el 70% proviene de los dos quintiles de gasto más ricos. En la jerga económica especializada decimos que la educación superior universitaria pública es regresiva, esto es, no beneficia a quienes pertenecen a los quintiles de ingreso/gasto más bajos. Es un subsidio a los ricos.

Esta situación no solo ocurre con el caso de la educación superior. Un estudio reciente del Banco Mundial titulado "Redistributing Income to the Poor and the Rich: Public Transfers in Latin America and the Caribbean" encuentra que en varios de los países de la región, entre ellos el nuestro, se ha dado un fenómeno conocido en la literatura como “truncamiento” del Estado de bienestar. La idea es bastante simple: si uno observa las transferencias que hace el Estado en forma de derechos y/o bienes públicos, verá que estas son mayoritariamente apropiadas por los quintiles más altos de ingresos. Cuando se da el caso de que una transferencia pública beneficia a los más pobres, dichas transferencias son irrisorias, que es lo que sucede con el caso de la mayoría de los programas de asistencia social. En el caso extremo tenemos las transferencias por educación superior y pensiones, las cuales benefician a un sector muy reducido y mayoritariamente ubicado en los quintiles de ingreso más alto, pero que sin embargo se apropian de más de la mitad del gasto social. No es casualidad que algunos investigadores hablen del “Efecto Robin Hood Inverso” (ver página 13 del estudio mencionado), pues se trata de una redistribución del ingreso de los pobres a los ricos operada por el Estado a través de estos esquemas inequitativos. Un efecto esperado de esto es la exacerbación de las desigualdades que caracterizan a los países de la región. Esto es, la redistribución del ingreso en vez de compensar las desigualdades contribuye a exacerbarlas, aun en el caso de países como el nuestro que redistribuyen muy poco.

¿Cómo se da lo anterior para el caso peruano? En el gráfico siguiente, tomado del estudio “A New Social Contract for Peru” del Banco Mundial, se muestran los coeficientes de concentración de los principales programas sociales en el país. Dicho instrumento nos permite medir en que medida el gasto social esta orientado a los pobres. Como se desprende del gráfico, el gasto social orientado a la educación superior, ESSALUD y pensiones benefician a los no pobres. Peor todavía, no solamente estos ítems de gasto benefician mayoritariamente a los no pobres, si no que –además- representan una magnitud importante del gasto social total. Así por ejemplo, otro estudio reciente del Banco Mundial encuentra que, mientras que la transferencia promedio de pensiones (que solo beneficia al 1.7% de toda la población) es alrededor de 200 dólares mensuales, las transferencias condicionadas del programa Juntos ascienden a un monto de 30 dólares mensuales. Lo mismo ocurre con los programas nutricionales como el caso del Vaso de Leche, que benefician mayoritariamente a los más pobres (llega a alrededor de 10% de toda la población), pero tiene un beneficio mensual que apenas llega a 3 dólares. Ver el cuadro con dicha información aqui.

¿Es justificable esta situación? Dependerá de la concepción de justicia que tengamos. Para quienes consideramos que los menos aventajados deben tener la prioridad, claramente no. En el caso concreto de la educación, la llamada gratuidad de la enseñanza, la cual aparenta ser un mecanismo equitativo y por ello suele ser defendida con mucha vehemencia por los gremios estudiantiles de izquierda, es en realidad una estafa. Su defensa es la defensa de una injusticia. Resulta paradójico que sus defensores suelan invocar a los pobres en su afán de mantener vigente esta iniquidad.

En ese sentido, me parece que el espíritu de la Constitución del 93 –aunque insuficiente- pone el énfasis adecuado al indicar que el Estado garantizara la gratuidad de la educación superior de aquel que rinda y a su vez carezca de recursos. Lo ideal seria ir mas allá y garantizar no únicamente el no cobro de una matricula y/o pensión, si no proveer de los medios necesarios para que los que no dispongan de recursos tengan las condiciones necesarias para dedicarse plenamente al proceso de aprendizaje. Visto de esta manera, la situación ideal no consiste en una vuelta atrás a la Constitución del 79, si no mas bien radicalizar el espíritu de la Constitución del 93 y poner la prioridad en los menos aventajados.

Ahora, el que la prioridad la tengan los menos aventajados no significa que los demás sectores de la sociedad no deban obtener alguna ventaja al optar por la educación universitaria pública. Desde que esta es financiada a través de los impuestos que todos pagamos, el argumento levantado por algunos críticos respecto a que la educación no es gratuita per se, tiene sentido. Sin embargo, el argumento es débil puesto que nadie esta sugiriendo que el eventual establecimiento de un cobro y/o pensión se asemeje a los patrones observados en las universidades privadas. En la propuesta de Hildebrandt se sugiere un cobro equivalente a una fracción del valor de la pensión del colegio privado en el que se estudio, las cuales típicamente son en promedio más modestas que la pensión de una universidad privada. Aun en ese escenario, la educación superior pública sigue estando subsidiada, solo que el subsidio es más grande para el que fue a un colegio público. Desde mi perspectiva, lo ideal seria movernos a un esquema en donde el costo de la educación pública siga estando por debajo de valor de la educación privada -en razón a que todos los ciudadanos contribuyen su financiamiento- pero en donde el Estado garantice a los menos aventajados los medios necesarios para estudiar.

Creo que la virtud de la propuesta de Hildebrant radica en que puede servir como pretexto para ponernos a discutir en serio cual es el rol redistributivo que debe tener nuestro Estado. La evidencia empírica sugiere que los más pobres no se benefician significativamente de la forma actual en que dicha redistribución se operacionaliza. En el caso concreto de la educación, he querido resaltar por medio de este post que, si entendemos correctamente la doble dimensionalidad de los derechos, deberíamos preocuparnos por la dimensión positiva del derecho a la educación de los menos aventajados desde una perspectiva consistente con la teoría de la justicia de Rawls. La defensa cerrada que algunos hacen de la forma en que la Constitución del 79 aborda el asunto del derecho a la educación constituye, a mi entender, la defensa de la inequidad y la injusticia.

Actualización
Lucas Stiglich hace una presentación más didáctica del criterio que he defendido en estos posts. Recomendable para los interesados.

sábado, 7 de junio de 2008

El “derecho” a la gratuidad de la enseñanza, Rawls y el “truncamiento” del estado de bienestar (I)


La discusión respecto a la gratuidad de la enseñanza en la educación superior ha vuelto a la escena gracias a la iniciativa legislativa de la congresista Marta Hildebrandt para que los estudiantes provenientes de los colegios privados contribuyan parcialmente a financiar a la universidad pública. Viniendo de una congresista tan controversial, no es de extrañar que la polémica desatada al respecto haya venido asociada con cierta intolerancia en contra de la autora. Pero dejando ello de lado, creo que la discusión da pie a repensar cual es el rol redistributivo que le compete al Estado Peruano y como ello se expresa en la provisión de bienes públicos esenciales como la educación.

Habiéndome formando en una universidad pública, he padecido y visto muchos de los males que tiene el esquema actual bajo el cual estas se organizan. Peor aun: tengo la impresión de que es casi imposible hacer alguna reforma en seria al respecto sin una voluntad política clara y sin tener que vencer las resistencias de muchos de los grupos de interés que viven a costa de ella. De ahí que crea que cualquier intento de reforma debe ser integral. Por esa razón, admito de partida que no estoy de acuerdo con el contenido de la propuesta, aunque si con su espíritu: quien pueda que pague. Y la razón básica de ello obedece a un criterio esencial de equidad, que ilustraré más abajo. Antes de de discutir con más detalle eso, veamos el argumento esbozado por los críticos.

La idea básica de algunos críticos tiene que ver con la creencia de que la educación es un derecho y por tanto no tiene sentido una propuesta de esta naturaleza. Es lo que yo llamaría la aproximación deontológica al tema. Roberto Bustamante lo plantea de este modo:
“…creo que lo que se trata es de hablar nuevamente de la educación, si es un derecho universal para los peruanos en general, si el estado peruano va a garantizar que ese derecho exista asegurando una educación universitaria de calidad (quizá cumpliendo el artículo 16 que dice textualmente: “Se da prioridad a la educación en la asignación de recursos ordinarios del Presupuesto de la República”), y no crear una suerte de impuesto a la sobreganancia (porque eso sería en la realidad) a aquellas familias cuyos hijos estudiaron en un colegio privado.” ¿Cual educación gratuita?

Bajo esta lógica, la propuesta no procede porque atenta contra un derecho que, aunque como tal no existe –puesto que la Constitución de 1993 es muy clara respecto a que el Estado solo garantiza el derecho a educación pública gratuita para quienes tengan un rendimiento satisfactorio y carezcan a la vez de recursos económicos-, debiera ser garantizado por el Estado más allá de la condición socio-económica y rendimiento académico del beneficiario.

Creo que en lo esencial esta forma de aproximarse al problema es defectuosa tanto en lo conceptual como desde un punto de vista empírico. Lo que habría que preguntarnos es, bajo cual de los escenarios alternativos (es decir, lo establecido por la Constitución del 79 versus lo planteado por la del 93) el derecho a la educación superior esta mejor garantizado para las mayorías, para lo cual es preciso tener claro que es lo que se entiende por derecho en este contexto. Muchos de los críticos asumen a priori que el arreglo sugerido por la Constitución del 79 es el adecuado, y que lo que hace la Constitución del 93 es abrir las puertas a la supresión practica del derecho. Veamos si es cierto.

Empecemos discutiendo lo que debería entenderse por derecho en este contexto. Hace un tiempo atrás, Isaiah Berlin, uno de los filósofos políticos más importantes del siglo pasado, introdujo la distinción entre libertad positiva y libertad negativa en su famoso trabajo “Two Concepts of Liberty”. De acuerdo con Berlin, por “libertad negativa” debe entenderse la ausencia de restricciones a la acción individual mientras que por “libertad positiva” la capacidad de autodeterminación y control del individuo sobre su propio destino. Aplicado al caso que nos interesa, uno podría sugerir que la educación como derecho también tiene una dimensión negativa y otra positiva. Por ejemplo, si alguien quiere estudiar en la universidad pero encuentra que existen disposiciones normativas que impiden que las personas de su origen étnico y/o condición socio-económica puedan hacerlo (ejm: el apartheid en Sudáfrica), entonces estaríamos ante una clara violación de la dimensión negativa del derecho. Pero si dichas restricciones no existiesen, y observásemos que sistemáticamente las personas de este origen étnico y/o condición socio-económica no logran acceder a la universidad, entonces estaríamos hablando de la violación de la dimensión positiva del derecho a la educación.

Otra idea que esta implícita en la crítica contra lo establecido por la Constitución del 93 tiene que ver con la idea de que los derechos tienen que ser iguales para todos. Ya en el ejemplo anterior introduje intencionalmente una dimensión más al debate: el rol de la equidad. Creo que al velar por el cumplimiento del derecho de la educación debemos poner especial énfasis en la situación de los menos aventajados a la hora de juzgar nuestro marco normativo e institucional al respecto. Esto no es mas que una aplicación del principio de diferencia sugerido por el filósofo de la justicia distributiva John Rawls en su monumental obra A Theory of Justice. De acuerdo con Rawls, “Todos los valores sociales- libertad y oportunidad, ingreso y riqueza, así como las bases del respeto asimismo- habrán de ser distribuidos igualitariamente a menos que alguna distribución desigual de algunos o de todos estos valores redunde en una ventaja para todos” (Rawls 1997[1971], pág. 69) en donde, de acuerdo al principio de diferencia, “ventaja para todos” se expresa esencialmente en la situación de los menos aventajados de la sociedad. La formulación más famosa de dicho principio es la siguiente: “…las desigualdades sociales y económicas habrán de ser conformadas de modo tal que a la vez que: a) se espere razonablemente que sean beneficiosas para los menos aventajados, b) se vinculen a empleos y cargos asequibles para todos en condiciones de justa igualdad de oportunidades” (Rawls 1997[1971],pág. 67-68, 88). Así, lo que Rawls nos dice es que debemos poner primero a los menos aventajados a la hora de evaluar un arreglo social determinado.

Teniendo en cuenta la discusión anterior, creo que el Estado Peruano debe garantizar el cumplimiento de la dimensión negativa del derecho a la educación de todos sus ciudadanos. Es decir, nadie debe ser impedido de estudiar en una universidad pública si así lo desea y logra cumplir los requisitos necesarios para ello (incluso si es que ello eventualmente incluye el pago de una pensión). Con asegurar ello, se asegura la dimensión negativa y positiva del derecho a la educación de los más aventajados de la sociedad pues estos disponen de los recursos necesarios para solventar la educación universitaria, que ciertamente va mas allá de solo cubrir el costo de la matricula. En el caso de los menos aventajados, lo anterior es claramente insuficiente y el Estado debe garantizar la provisión de los medios necesarios para que se asegure la dimensión positiva del derecho, lo cual no radica únicamente en el no cobro de matricula y/o pensión, si no mas bien ir mas allá y cubrir el costo de oportunidad que significa para lo mas pobres estudiar una carrera universitaria. Solo así se cumpliría el principio de diferencia rawlsiano.

A pesar de que en teoría la Constitución del 93 esta vigente (la Constitución de Fujimori, como la llaman algunos con el fin de denostarla), en la práctica lo que predomina es el criterio establecido por la del 79 pues en la mayoría de las universidades publicas el Estado brinda educación a todo aquel que logra ingresar a ella sin distinción de la condición socio-económica. Mi impresión es que este arreglo fracasa a la hora que evaluamos la manera en que este asegura la dimensión positiva del derecho a la educación de los menos aventajados, constituyendo por tanto una violación al principio de diferencia de Rawls. En teoría, si un pobre lograse ir a la universidad publica, tendría garantizado el no cobro de matricula, pero para el ejercicio de la dimensión positiva del derecho se necesitan mas cosas que solamente omitir el cobro de la matricula. En lo personal, tuve que ver a muchos compañeros de clase atrasarse o simplemente dejar la universidad porque el costo de oportunidad de estudiar era demasiado alto para ellos. La educación pública –tal y como esta diseñada en la actualidad- no es para los menos aventajados.
(Continua aqui)